El Plan B: la Carrera Séptima como Manifiesto Moderno

El arte, la arquitectura, la literatura del alto modernismo, se convirtieron en artes y prácticas de establishment, en una sociedad que predominaba, en los planos político y económico, la versión capitalista y corporativa del proyecto de desarrollo de la Ilustración para el progreso y la emancipación humana. La fe “en el progreso lineal, en las verdades absolutas y la planificación racional de los órdenes sociales ideales” en condiciones estandarizadas de conocimiento y producción era particularmente fuerte. Por lo tanto, el modernismo que surgió en consecuencia fue “positivista, tecnocéntrico y racionalista”, al mismo tiempo que se imponía como la obra de una vanguardia de élite formada por urbanistas, artistas, arquitectos, críticos y otros guardianes del buen gusto.

David Harvey (1)

La modernidad, entendida como despliegue del pensamiento, encuentra en las propuestas de las vanguardias del constructivismo una plataforma estética e ideológica que representa como ninguna los principios abstractos de función, técnica y síntesis formal que sustentaron el ideal de una sociedad moderna y cambiante que -se pensó- evolucionaba en la línea recta del progreso.

Proyecto de Cornelis van Esteren, de Stijl, para una galería comercial en La Haya, 1924.
Proyecto de Cornelis van Esteren, de Stijl, para una galería comercial en La Haya, 1924.

En los años veinte, Europa se encontraba asimilando las consecuencias de la primera guerra mundial, en la que habían confluido la ciencia, la técnica y la razón como instrumentos para generar una destrucción sin precedentes, lo que sembró serias dudas sobre la noción de progreso y evolución de la sociedad hacia estados cada vez más elevados de conocimiento, convivencia y bienestar. Aún así, para estas vanguardias todavía era posible transformar el mundo, por ello se debía crear e introducir nuevos diseños y materiales que hicieran posible una nueva sociedad en armonía con los ideales del racionalismo y el progreso.

Revista de la Bauhaus bajo la dirección de Mies van der Rohe, 1928
Revista de la Bauhaus bajo la dirección de Mies van der Rohe, 1928

Después de la segunda guerra mundial este nuevo paradigma llega a Colombia y se materializa debido a varias circunstancias culturales, políticas y socioeconómicas. Entre ellas hay tres que ya señala el historiador Carlos Niño en “Arquitectura y Estado” que me interesa resaltar en este texto: la primera es que irrumpen en el medio las primeras generaciones egresados de de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional, la segunda que el Estado, a través del Ministerio de Obras Públicas se identifica con las propuestas del racionalismo y las adopta para la concreción de la mayoría de sus proyectos, y la tercera, la actividad de la revista Proa, que como espacio de crítica, debate y difusión del ideario del racionalismo arquitectónico, ejerce un papel fundamental para que sus postulados tomen forma como representaciones de modernización y progreso.

Este texto explora el papel que tuvo la revista Proa como espacio de discusión y vanguardia desde el cual se difunden una serie de representaciones de lo que debe ser una Bogotá moderna, así como la forma en que estas imágenes de modernidad se hacen realidad en la antigua Calle Real del Comercio (carrera séptima entres calles 11 y 14) con el ensanche de esta vía y demolición de las construcciones adyacentes, como paso inicial para construir los edificios que actualmente la ocupan y que en su momento representaron las nociones de bienestar y progreso que se promovieron desde esta publicación.

Igualmente, señalar cómo una serie de planes y proyectos develan una decidida voluntad de cambio y geometrización de la ciudad y su arquitectura, anteceden a los hechos del 9 de abril. Es decir, que la gran mayoría de cambios que se dieron a partir de este acontecimiento, se encontraban conceptualizados y, en algunos casos planeados, desde la revista Proa.

Revista Proa # 13, junio de 1948.
Revista Proa # 13, junio de 1948.

La revista jugó un papel definitivo para introducir y espacializar las ideas de una arquitectura racional que incorpora búsquedas y planteamientos de la abstracción geométrica de los movimientos constructivistas, así como para que durante más de una década la ciudad se pensara –y se representara- a partir de estos postulados. Proa fue definitivamente un espacio de debate alrededor del cual se convocó al gremio de arquitectos, estudiantes, empresarios, funcionarios y ciudadanos, a unir fuerzas y capital para luchar por un proyecto de ciudad acorde con los ideales del progreso y el cambio que, en ese momento, constituían la opción legítima para sacar a la ciudad y al país del caos y el estancamiento en que se encontraban.

Finalmente, me interesa resaltar que los manifiestos y postulados de la abstracción geométrica se espacializan en Bogotá inicialmente a través de la revista Proa, tal y como sucedió con el Plan de Reconstrucción de la carrera séptima entre calles 11 y 15, que se propone en 1948 y se desarrolla durante la década de los cincuentas, época en la que artistas de la abstracción geométrica como Eduardo Ramírez Villamizar y Edgar Negret comienzan a exponer en galerías de la ciudad y salones nacionales una obra más cercana al expresionismo abstracto que a la abstracción geométrica. Una vez consolidan su trabajo a finales de la década de los cincuenta, estos estarán más enfocados a la realización de objetos autónomos que se conciben para el espacio de exposición –y no tanto para que incidan en la construcción de la ciudad moderna que aún no tiene lugar en Bogotá- y son dados a conocer desde las teorías y espacios de debate producidos por Marta Traba, entre ellos, el Museo de Arte Moderno de Bogotá, quien lo fundó como entidad en 1953, consiguió sede y abrió sus puertas al público en 1961.

La Séptima de PROA

Las representaciones del espacio tienen que ver con el espacio interpretativo, y se refieren al espacio conceptualizado por científicos, planificadores, urbanistas, tecnócratas, artistas, etc., generado en las relaciones de producción; es el espacio dominante en cualquier sociedad (o modo de producción) y se expresa mediante el uso de sistemas verbales y signos gráficos, mapas y planos e imágenes mentales del espacio que contienen las representaciones del poder y la ideología dominantes. (2)

Como lo plantea el pensador francés Henri Lefebvre –quien hizo parte de la crítica radical a la ciudad racionalista del movimiento Situacionista- el espacio se produce como se produce una mercancía (3) y se hace desde tres instancias distintas: la primera tiene que ver con la representación del espacio, es decir, la de aquellas entidades y disciplinas (Estado, empresa privada, urbanistas, arquitectos, historiadores, museólogos) que por tener un lugar de poder en la ciudad, la conciben a través de la racionalidad, el análisis y el diseño de mapas, proyectos y estrategias de planeación a corto, mediano y largo plazo; esto produce el espacio dominante que exalta la ideología del progreso con proyectos en la ciudad: monumentos, grandes avenidas, museos, bibliotecas, planes de renovación urbana, regulación del espacio público.

La segunda instancia es la del espacio de representación que tiene un carácter no verbal. Es el espacio de experiencias y vivencias que surge por el intercambio de imágenes, símbolos, y modos de habitar los lugares diseñados desde las entidades de poder de la primera esfera. Es el lugar donde se construye la imagen de ciudad, la identidad con los sitios simbólicos, los monumentos, el modo de vivir y habitar lo que se produce desde el espacio dominante. En el caso del mundo del arte, tiene que ver con la forma como la comunidad se pregunta, examina y vive imaginativamente la experiencia del museo y la galería. Es el modo en que los recorremos, la imagen que tenemos de ellos, lo que representan para la comunidad artística y cultural de una ciudad. Trata también del museo como puesta en escena de un determinado modo de ver el mundo, de una ideología, es el museo como espacio de intercambio, como forum para la confrontación de ideas y puntos de vista.

La tercera la constituyen las prácticas de espacio, los modos de operar como cada persona interpreta y apropia los lugares a través de recorridos que reescriben el texto espacial concebido desde la primera instancia. Aquí se trata de la forma en que interpretamos la experiencia de ciudad, de la apropiación de sus lugares, la forma en que la recorremos pasiva o críticamente. También es el diario acontecer de la ciudad como lugar practicado, lo que acontece en sus áreas públicas y privadas, los modos en que sus habitantes la recorren, la interpretan, la consumen pasiva o críticamente.

En este contexto, la ciudad moderna, higiénica, llena de luz y geométricamente ordenada que desde su primer número propone la revista Proa (4), comienza tímidamente a producirse a partir de la década de los cuarenta y se acelera después de los episodios del 9 de abril. Todo este proceso queda claramente reflejado en esta publicación, que, a su manera, opera como espacio de debate y reflexión desde el cual la Bogotá racional es representada.

De esta forma la revista cumple una función similar a la de los manifiestos de los constructivistas y a la posterior sacralización del espacio expositivo por parte del cubo blanco, en la medida en que produce un espacio funcional, homogéneo y libre de ornamentaciones que termina regulando los modos de vivir y practicar este lugar. Aunque los planteamientos estéticos continúan en la línea de la abstracción geométrica de los constructivistas, ni el espíritu, ni la época, ni el lugar son los mismos. Por una parte, toda la fase experimental que revolucionó la arquitectura -en la que colaboran arquitectos, artistas y diseñadores- se considera superada (5) y sus avances institucionalizados en los principios y criterios que establecen los CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna) para el diagnóstico e intervención en las ciudades.

Es época de un urbanismo racional en el que las ideas de Le Corbusier son elementos dominantes, sobre todo en la dimensión del debate estético, donde la arquitectura como síntesis de las artes está relacionada a la noción de una nueva monumentalidad, que Le corbusier había introducido quince años antes y que es tema central de debate en los CIAM de posguerra: “Para Giedion, el monumento consistirá en el Centro Cívico, el lugar donde ocurre la integración de los artistas; la síntesis de las artes plasmada en el Centro Cívico ha de percibir y representar los deseos de la colectividad” (6)

En 1946 la racionalidad del urbanismo de posguerra no ha llegado a Colombia, donde la necesidad de dar lugar a una ciudad moderna toma cada vez más fuerza: el espíritu combativo y revolucionario define el carácter de Proa en sus primeros años, así como la muy moderna tendencia de seguir con juicio los lineamientos de los maestros que representan el paradigma de la época.

Los arquitectos de Proa luchan por intervenir la ciudad, especialmente el espacio colonial, que representa para el racionalismo criollo el caos, el desorden, la irracionalidad y, en definitiva, la ignorancia y el atraso que, según ellos, es origen de todos los males que padece ese cuerpo enfermo que es Bogotá. Esta forma de abordar los problemas de la la ciudad que da patente en el primer editorial de la revista, que con el titulo de “Para que Bogotá sea una ciudad moderna” da inicio a una serie de manifiestos en la revista, con los que esta se propone dar lugar a ese modernidad en la ciudad.

PLAN DE RECONSTRUCCIÓN DE BOGOTÁ / REVISTA PROA 13 / JUNIO DE 1948

“Urbanismo e información son aspectos complementarios en las sociedades capitalistas y anticapitalistas en la medida en que son los encargados de organizar el silencio. El urbanismo ideal, tanto en Occidente como en Oriente, es la proyección de una sociedad sin conflictos.” (7)

Con los hechos del 9 de abril, la realidad social, política y económica del país se ve drásticamente alterada. El centro de la ciudad se encuentra con destrucciones parciales y a lo largo de la carrera séptima con una gran cantidad de edificios y locales saqueados e incendiados.

Como se señaló al inicio de este texto, el Bogotazo precipita una serie de cambios tanto en el centro de la ciudad como en el tramo de la carrera séptima entre calles 11 y 14, conocida como Calle Real del Comercio. Guardadas las proporciones, tanto para el Estado como para los urbanistas, la situación es similar a la de Stijl, L’Esprit Noveau y la Bauhaus, que luego de la destrucción de la primera guerra, comienzan a proponer los modelos racionales como prototipos para la construcción de una ciudad ideal, de un nuevo modo de vida, como única vía para dejar atrás las atrocidades del pasado.

En este contexto, las propuestas del racionalismo representan más que nunca los ideales de renovación y progreso que el país y la ciudad necesitan. Algunas de estas transformaciones ya se encuentran de alguna forma planeadas y hasta aprobadas por las instituciones competentes, que con motivo de la Conferencia Panamericana habían desarrollado proyectos de modernización de la ciudad que serían definitivos para su crecimiento a mediano y largo plazo.

La figura de Le Corbusier –quien ya había realizado su primera visita a la ciudad en 1947- gravita con fuerza desde las páginas de Proa, que se ha encargado de promover sistemáticamente al maestro y sus nociones de urbanismo que, como ya se señaló anteriormente, comienzan por intervenir de forma racional -y radical- el centro de la ciudad.

Inmediatamente después de los hechos del 9 de abril, la revista Proa encarga a Jorge Arango, arquitecto cofundador de Proa y en ese momento Director de Edificios Nacionales, a Herbert Ritter, arquitecto y Jefe del Departamento Municipal de Urbanismo y al conocido arquitecto Gabriel Serrano, un estudio preliminar para la reconstrucción de Bogotá. El estudio es publicado en junio de 1948 y con el título de Reconstrucción de Bogotá, propone una primera etapa que se divide en tres aspectos: remodelación del sector central, plan piloto y reparcelaciones.

El artículo comienza lamentando las pérdidas materiales y justifica este estudio afirmando que con estos hechos el problema urbanístico de Bogotá, estudiado años atrás, quedó francamente despejado y parcialmente resuelto. Continúa señalando que los planos de la nueva ciudad exigían, justamente en las zonas que resultaron afectadas, toda una tarea de ensanche y embellecimiento. Los acontecimientos precipitaron las demoliciones, pero fue necesario revisar cuidadosamente los estudios establecidos.

Esta primera etapa de la reconstrucción de Bogotá se presenta con gran énfasis como solución final para el sector de la carrera séptima entre calles 11 y 14. Señala estar fundamentado en estadísticas, encuestas y una gran cantidad de información catastral que sienta las bases para una reagrupación fácil y económica de los solares comprometidos.

Igualmente, dice contar con el aval del conocido urbanista, de prestigio internacional, Maurice Rotival, que de una misión en Venezuela, regresaba por Bogotá a Nueva York, y a quien al analizar la propuesta de reconstrucción expresó en varias ocasiones que “ustedes los arquitectos de Bogotá, han llegado a una insospechada madurez profesional. Ustedes no necesitan de técnicos extranjeros sino a manera de críticos por 10 ó 15 días cada seis meses”. La revista envía entonces un claro mensaje de que no sólo tiene la intención, sino la capacidad de tomar parte en el plan de reconstrucción. Cierra esta introducción a su Plan enviando sendos dardos a todos los seguidores del “urbanismo feudal” de Brunner, que seguramente tienen también sus ideas sobre lo que debe ser la Bogotá del futuro: ¿Qué se hicieron los famosos urbanistas? ¿Dónde los de las calles elípticas y parabólicas? ¿Por qué no han publicado sus iniciativas los autores del “urbanismo feudal”? Quien tenga algo que beneficie a la comunidad debe expresarse. ¿Será que esos profesionales son urbanistas de pacotilla, útiles en modestos quehaceres topográficos? ¿O que PROA los tiene ya derrotados? Si es así, nuestra labor de saneamiento profesional, ha dado sus primeros frutos.

La reconstrucción de Bogotá. Plano del centro que da cuenta de los daños del 9 de abril sobre la carrera séptima. 1948.
La reconstrucción de Bogotá. Plano del centro que da cuenta de los daños del 9 de abril sobre la carrera séptima. 1948.

El plano que vemos arriba es la primera imagen del artículo y en ella se aprecian estragos (en negro) a lo todo lo largo del costado oriental de la séptima y en buena parte de su costado occidental. Se mencionan 136 edificaciones destruidas. Está acompañado de un breve texto que resalta la gran importancia de la carrera séptima y la presenta como la espina dorsal de la estructura urbanística de la ciudad. Se refiere a ella desde un espacio futuro al decir que fue la Calle Real, la vía triunfal de virreyes y libertadores. Calle de pulperías y reyertas. Lugar de comercio y residencia, centro de diversiones, vía de desfiles religiosos, cívicos y militares. Cierra señalando el alto grado de congestión y reafirmando la necesidad de ensancharla, aduciendo que los anteriores trabajos de ampliación nunca fueron iniciados a causa de múltiples dificultades presentadas por los intereses particulares. Hoy la vía está libre y apta para acomodarse a los proyectos de la municipalidad.

La reconstrucción de Bogotá. La amplitud de la Calle Real en la época de la colonia y su caos actual. Revista Proa # 13, junio de 1948.
La reconstrucción de Bogotá. La amplitud de la Calle Real en la época de la colonia y su caos actual. Revista Proa # 13, junio de 1948.

Un recurso usual en la revista es contraponer lo colonial, lo pasado, como realidad caótica vergonzante, a una imagen moderna como representación de lo funcional y cristalino. En el caso de las imágenes que apreciamos arriba, este modo de contrastar lo colonial se hace para afirmar que la Calle Real fue amplia para una pequeña ciudad colonial como Santa Fe de Bogotá, pero que la realidad actual de la ciudad moderna necesita de calles más amplias, por lo

que el ensanche de la séptima y otras calles del centro es un tema inaplazable dadas la circunstancias actuales de la ciudad. En artículos anteriores, en que se proponen otro tipo de remodelaciones y proyectos, se contraponen -en un acto flagrante de clasismo y racismo- imágenes de aquellas personas encargadas de vender en el mercado central (de aspecto campesino y rasgos indígenas) como símbolos de un pasado y una realidad sucia, desordenada y maloliente, que debe se erradicada para dar paso a los eficientes e higiénicos mercados modernos.

Figura 6. La reconstrucción de Bogotá. Vista aérea del proyecto de Gabriel Serrano, que se propone como representación de una arquitectura racional, ordenada y armónica. Revista Proa # 13, junio de 1948.
Figura 6. La reconstrucción de Bogotá. Vista aérea del proyecto de Gabriel Serrano, que se propone como representación de una arquitectura racional, ordenada y armónica. Revista Proa # 13, junio de 1948.

En la ilustración de la propuesta de remodelación (fig. 6) se pueden apreciar los edificios de 14 pisos sobre la nueva carrera 6ª con una plataforma comercial en sus dos primeros pisos que, en el contexto de esta investigación, se proponen como la versión moderna del concepto de pasaje comercial: sobre la carrera séptima se ven las tres construcciones de baja altura para almacenes que introduce un conjunto homogéneo de locales que según la propuesta generaban una alta rentabilidad.

Figura 7. Vista de la séptima desde el edificio Murillo Toro, 1966
Figura 7. Vista de la séptima desde el edificio Murillo Toro, 1966

Al no construirse la carrera 6ª A, lo que parece haberse decidido, es conservar la idea de los inmuebles para almacenes y los bloques de 14 pisos, pero en un solo edificio, como se puede apreciar por lo construido posteriormente (fig.7) entre las calles 13 y 14 en ambos costados de la séptima. No se construyen los 14 pisos con fachada vertical desde el primer piso, sino que se deja una

terraza de varios metros de ancho en el segundo piso, lo que permite aumentar la distancia entre los edificios de oficinas a ambos costados de la séptima. De esta forma se genera un ensanchamiento mayor que le otorga brillo y solemnidad a este tramo de la carrera séptima, que además de estar rodeado de monumentos y símbolos de poder, es lugar esencial para la representación de Bogotá, escenario de solemnes ceremonias civiles y religiosas, expresiones de sus ciudadanos y, especialmente, testigo de los más importantes acontecimientos que han transformado tanto su fisonomía, como la realidad política, social y cultural de la ciudad y del país.

La mirada del Curador

Lo que se construye finalmente en la antigua Calle Real del Comercio está muchísimo más cercano al Plan de Reconstrucción de Bogotá de Proa, que del esperado, accidentado y archivado Plan Regulador, que inicia su trámite dos meses después de publicado el plan de reconstrucción de Proa con la firma del Acuerdo 88 de septiembre de 1948, que crea la Oficina del Plan Regulador de Bogotá8.

Luego de cinco años, varios viajes de Le Corbusier a Bogotá, el diseño del Plan Piloto, la interpretación crítica y las demoras que le hacen en la oficina de Wienner & Sert9, el Plan Regulador, -que propone para la séptima una línea homogénea de edificios de poca altura, así como la demolición casi total de la ciudad de tierra para levantar un entramado de bloques con algunas zonas verdes-, es finalmente entregado en 1953 a Carlos Martínez, quien para entonces es el director de la Oficina del Plan Regulador de Bogotá y quien seis meses antes, en la edición de noviembre de 1952 de Proa, se preguntaba en un editorial:

¿En qué invirtieron los 203.000 dólares (costo del contrato con Wienner y Sert) que representan algo así como 520.000 pesos colombianos? ¿Fue ese el valor de los pocos dibujos presentados en meses pasados? ¿O debemos cargar a la cuenta de correos y pasajes aéreos una fuerte suma imputable al error de hacer urbanismo por correspondencia? Lo que hasta ahora se conoce públicamente como ejecutado por los señores Sert y Wienner en Nueva York y en desarrollo del convenio firmado con el municipio de Bogotá, no tiene nada que en esta, con profesionales residentes aquí, no hubiera podido ejecutarse mejor, a costos infinitamente menores. Los planes reguladores para Tumaco, para Medellín y para Cali, contratados por los mismos señores Sert y Wienner no funcionaron. Honradamente no podríamos señalar las causas de esos fracasos. En cuanto al Plan Regulador de Bogotá, habrá que esperar medio año más; Quizá, esa sea nuestra última esperanza, la entrega final de los urbanistas sea tan valiosa técnicamente, que justifique los 203.000 dólares que cuestan sus honorarios, a la par que pueda restañarles con ventaja el prestigio que en Colombia están perdiendo. Ver para creer.

El papel que representa el equipo de Proa en todo este proceso de renovación de la Calle Real, así comåo incidencia en el tipo de edificios que se construyeron en el lugar, me lleva a proponer un paralelo con la forma en que un curador del mundo del arte establece su mirada. Por una parte da lugar a su versión de lo que debe ser una ciudad moderna, y por otra, define un tipo de regulación espacial (normas de altura, tipo de edificios, plataformas comerciales) al que se deben acoger los proyectos arquitectónicos y estéticos que se propongan para el sector.

Es decir, el proceso de modernización de la carrera séptima, reflejada en su ampliación y homogenización en términos arquitectónicos y que contempla, entre muchos cambios, cuatro edificios de Bruno Violi (dos en la séptima con avenida Jiménez, uno en la séptima con calle 12 y la versión final del Murillo toro), tres de la firma Bermúdez y Valenzuela (entre calles 13 y 15) y otros de varios arquitectos jóvenes (nombres por definir) sobre el costado occidental de la séptima con calle 14.

Si se tiene en cuenta la importancia del lugar como representación de ciudad, esta exhibición de progreso correspondería –en términos del lenguaje del mundo del arte- a una selección propia de un Salón Nacional: es la materialización de las obras más representativas de la arquitectura moderna a nivel nacional, enmarcadas claro está, de acuerdo a una propuesta curatorial de Carlos Martínez y su círculo de amigos que respaldan a Proa.

No es descabellado pensar, que a pesar de las continuas críticas al hecho de que la arquitectura del movimiento moderno se instauró sin proceso alguno de contextualización en nuestro medio, el papel jugado por Proa y sus allegados fue definitivo para traducir los manifiestos del constructivismo que por efectos de la gran depresión del 29 y la segunda guerra mundial, ya había perdido su carácter utópico, experimental y de vanguardia, en aras del pragmatismo de los caballeros del CIAM y, por supuesto, del establishment de una Bogotá que necesitaba con desespero eliminar su pasado colonial y espacializar sus ideales de racionalidad y progreso.

Una vez la carrera séptima es ampliada, sus casas coloniales demolidas, y los modernos edificios construidos, se instaura la producción de un espacio racional que representa una exhibición de poder y conocimiento, de la pureza y la racionalidad de lo moderno, del progreso de una ciudad que por fin parece salir del estancamiento.

Es la producción y fetichización del espacio en el sentido en que lo plantea Henri Lefebvre, es decir, como espectacularización del espacio concebido desde la alianza entre los universos del Estado y el Capital. Además del aspecto físico en este avance de la ciudad, hay que pensar en hacerlo sostenible a través de la regulación que, por supuesto, tratará de mantenerlo limpio de toda actividad que atente contra su aspecto y la libre circulación de los ciudadanos.

 

Jaime Iregui

Junio 2006

 

1 Harvey, David. La condición de la posmodernidad. Amorrortu editores. 1998

2 Delgado Mahecha, Ovidio. Del Capitulo El Espacio como producción social en Debates sobre el espacio en la geografía contemporánea. Editorial de la Universidad Nacional de Colombia, 2003.

3 “El espacio es donde los discursos de poder y conocimiento son transformados en relaciones reales de poder. Lefebvre identifica tres dimensiones de espacio. Una es la representación del espacio por , si profesionales de la ingeniería, la arquitectura en términos de, por ejemplo, edificios, carreteras, usualmente producidas por el espacio público u “oficial”. La segunda es el espacio representacional, es decir, las imágenes que se producen a propósito del espacio, el cual es más sentido que pensado. La tercera dimensión es lo que Lefebvre llama prácticas espaciales, es decir, las rutas y redes de la vida cotidiana”.

4 La revista es fundada en agosto de 1946 por los arquitectos Carlos Martínez, Jorge Arango y Manuel de Bengoechea. A partir del tercer ejemplar y hasta 1976, Martínez fue su director y único responsable. Contaba con un grupo más o menos estable de articulistas como Jorge Arango, Jorge Gaitán Cortés, José de Recasens, Gabriel Serrano y Rafael Serrano.

5 Hernández, Carlos Eduardo. Las ideas modernas del Plan para Bogotá en 1950. Edición de la Alcaldía de Bogotá. 2004.

6 Hernández, Carlos Eduardo. Op.Cit.

 

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